El balón vuelve a la tierra en Villaverde

Dentro de poco, jugar un partido de fútbol en un campo de tierra será algo excepcional en España. Esta superficie, que en su día fue la más natural para jugar en nuestro país fuera del fútbol profesional, está desapareciendo. En comparación con lo que ha sido siempre el fútbol aficionado y de categorías inferiores en España, puede afirmarse que los campos de tierra están en periodo de extinción. Y con ellos, toda una manera de entender el fútbol, desde el toque, los controles, el tipo de bota y hasta los materiales del balón, especialmente diseñados para la superficie.

De los 473 campos censados por la Federación Madrileña de Fútbol, sólo 64 son de tierra. Buscando en alguna otra federación territorial, aleatoriamente, hay datos aún más esclarecedores. En la Federación Extremeña, hay 706 terrenos de juego y 60 son de tierra. El porcentaje es aún menor en la Federación Tinerfeña, que sólo cuenta con ocho campos de tierra de los 171 recintos en los que se juega a nivel federativo.

El césped artificial, fácil de instalar, duradero y con un mantenimiento relativamente asequible, se está imponiendo como la nueva superficie en la que aficionados y cantera emulan a los profesionales. Sólo la vistosidad del verde lo emparenta ya con los campos de primera.

De hecho, para la realización de este reportaje, hubo que rebuscar en la geografía futbolística madrileña. Quedan pocos campos de tierra, pero alguno queda. En la zona sur del extrarradio de Madrid cuentan con uno pequeñito, incrustado en un parque de Villaverde Bajo: Los Rosales. Y lo tiene todo para que parezca que hemos retrocedido 30 años en la máquina del tiempo. En pleno siglo XXI vemos imágenes de cuando los padres de los niños y niñas eran los que estaban jugando dentro del campo.
Cada fin de semana acuden jugadores y jugadoras del Racing Villaverde, desde los 5 añitos, a disputar sus partidos con la sonrisa en la cara y unas ganas locas de hacer gol y divertirse.

CONTRA LOS ELEMENTOS

Ni el frío, ni la lluvia, ni el barro, ni siquiera los recelos de los papás y mamás ante las condiciones climáticas y del terreno son capaces de borrar ese gesto de felicidad y de nerviosismo por saltar al campo junto a los compañeros y amigos y poder sentirse los más felices del mundo jugando al fútbol en el barrizal que tienen por campo y que les hace aprender y desarrollarse en lo que es conocido como el fútbol de barrio, el del pillo, el del más listo de la clase.
En ese fútbol en el que jugadores que hoy son profesionales, eran ya los mejores de su equipo. Poco importa que el banquillo esté agujereado, que las porterías tengan más óxido que blanco, que las líneas de banda después del primer partido de la mañana ni se vean o que el agua de la ducha esté helada. Solo importa salir, jugar, mancharse y disfrutar como niños y niñas que son. Como auténticos futbolistas.
 
Fuente: Marca