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La industria del sexo se asienta en el polígono industrial de Marconi



Aventurarse en el polígono Marconi a la caída del sol es como adentrarse en otro mundo. Con la oscuridad, la zona se puebla de prostitutas originarias de medio mundo, donde la miseria y los billetes de 20 euros cambian de manos a gran velocidad.


A lo largo de decenas de manzanas de estructuras industriales se reparten cientos de mujeres semidesnudas que tratan de atraer a los conductores que pasan por allí, la mayoría intencionadamente. Al mismo tiempo, intentan calentarse alrededor de fogatas improvisadas con palés con las que combaten las bajas temperaturas del invierno.


Un frío que no cala en el ánimo de los visitantes ocasionales de Marconi. Alrededor de las chicas, se desarrolla un intenso tráfico de vehículos que no cesa en ningún momento. El horario es ininterrumpido, 24 horas al día, 365 días al año.


El amanecer no da tregua a esta actividad que, aunque con menos mujeres, continúa. No hay descanso para las meretrices ni para la máquina de hacer dinero que en la actualidad es el sexo de pago en la zona industrial de Villaverde.


Tampoco parece que la crisis haya hecho mella en las costumbres más inconfesables de muchos madrileños, que siguen apostando por contratar las atenciones sexuales de una mujer. Por 20 euros que cuesta un servicio completo, cierto tipo de hombres ve en esta opción una forma barata de pasar un buen rato. Basta con disponer de un vehículo espacioso y de un billete azul. El preservativo y los pañuelos ya los pone la joven.


Cada vez más


Con los años, el polígono y la vecina colonia Marconi se han transformado en el epicentro de la prostitución callejera en Madrid para disgusto de los vecinos que viven en la zona. Los residentes han constatado que el número de meretrices no deja de crecer.


Después del cierre al tráfico de parte de la Casa de Campo, muchas trabajadoras del sexo decidieron buscar otros lugares donde hacer negocio. En Marconi no existen las estrecheces. Hay sitio para todas y los clientes pueden dedicarse a circular por sus calles en busca de la chica que más les guste sin apenas ser molestados.


Tan sólo unos pocos coches policiales patrullan la zona. Sin embargo, los agentes parecen más interesados en controlar a las meretrices y a sus proxenetas, cuando se dejan ver, que a los propios visitantes. El único obstáculo real que se encuentran los conductores son las restricciones al tráfico impuestas por el Ayuntamiento, que impiden acceder a la zona de la colonia Marconi entre las 23.00 y las 6.00 horas para todos aquellos que no sean vecinos.


No obstante, esto no ha frenado la venta de sexo. La solución la han encontrado las propias chicas, que se han trasladado a la frontera del territorio vedado, sobre todo a la calle del Valle de la Tobalina y a la avenida Real de Pinto.


Dichos enclaves están fuera de la zona prohibida, pero aún cercanos a la zona residencial y al polígono. Ambas vías sirven como nuevos ejes para la prostitución en horario nocturno. Luego, con la salida del sol, vuelven a sus posiciones anteriores.


Los días de mayor actividad son los fines de semana. Muchos hombres jóvenes deciden acabar una noche de fiesta en brazos de una hetaira. Ellas lo saben y, desde las 20.00 horas del viernes, es fácil ver cómo llegan a Marconi numerosas furgonetas cargadas de muchachas.


En una hora el número de trabajadoras del sexo se dobla. Los vehículos se detienen y descargan su cargamento de carne. Las mujeres ya están vestidas de forma apropiada para ejercer su oficio y son conscientes de que tienen por delante una ardua jornada de trabajo.


Como si de militares bien entrenadas se tratase, cada una tiene bien claro dónde debe colocarse. Un trozo de acera para cada chica y una zona para cada nacionalidad. Se suelen distribuir en grupitos de dos o tres. Una de ellas se turna para atraer la atención de los conductores, mientras que las otras dos descansan en un segundo plano.


Esta forma de trabajar suele darse sobre todo entre las prostitutas de raza negra y las originarias de Europa del Este. En general, se trata de chicas muy jóvenes y sin demasiada autonomía.


Son llevadas al trabajo desde un piso donde suelen residir con otras compañeras. Cuando concluyen su turno, la misma furgoneta viene a buscarlas para devolverlas al hogar.


En algunos casos, el único contacto con el exterior que tienen estas muchachas son los clientes y la televisión. Al menos hasta que paguen la deuda que pueden haber contraído al venir a España.


Aseguran estar en Marconi para ganar un dinero con el que mantener a sus familias en sus países de origen. Pocas se prestan a hablar abiertamente con la prensa o con alguien ajeno a su círculo. Temen meterse en problemas con los hombres que las controlan o que, de alguna manera, sus parientes lleguen a enterarse de lo que realmente hacen en Madrid.


Las africanas, rumanas y búlgaras no son las únicas pobladoras de este mundo aparte. También hay españolas. A estas alturas ya son una minoría, pero aún quedan algunas. En su caso, se trata de mujeres que viven en la marginalidad y que, en ocasiones, venden su cuerpo para costearse su dosis diaria de droga.


Alejados de todos estos grupitos y etnias se encuentran los travestis, un colectivo que ocupa su propia calle y cuyos miembros procuran vigilarse entre ellos para evitar ser objeto de agresiones. Algo que, a pesar de la presencia policial, acaba por suceder con alarmante regularidad, según afirman algunos de ellos.


Las consecuencias más visibles de toda esta actividad la sufren los vecinos. Toda la zona está poblada de desechos. Los pañuelos de papel sucios y los preservativos usados proliferan por todo el área.


Suele haber una mayor concentración de estos residuos en los callejones donde los conductores se esconden para practicar sexo. No obstante, no todos son tan pudorosos y muchos clientes aparcan donde más cerca les pilla, pudiendo encontrarse así la huella de sus negocios en casi cualquier vía del polígono.


Esto ha llevado a los residentes de la colonia Marconi a encabezar numerosas protestas e iniciativas para alejar a meretrices y clientes de sus viviendas pero, de momento, ni los residentes ni el Ayuntamiento han sido capaces de frenar el trabajo más antiguo del mundo.


'Kundas'


El transporte de la prostitución madrileña


La prostitución callejera tiene muchas caras. Aunque en la última década los lupanares madrileños se han llenado de mujeres que en muchos casos han llegado a través de mafias, aún se conservan las viejas lacras locales.


En la actualidad, las pocas españolas que todavía se pueden encontrar haciendo la calle en el área de Marconi suelen provenir de alguno de los supermercados de la droga. Se trata de adictas capaces de casi cualquier cosa por conseguir su dosis de cocaína.


María (nombre figurado) es una de estas personas. Esta mujer de 32 años aseguró que no es una prostituta habitual. "Vengo aquí sólo cuando necesito algo de pasta", destacó. La meretriz admitió que una parte de lo que iba a ganar esa noche estaría destinado a pagarse la droga. El resto será para mantener a una hija de corta edad que tiene. Una situación dramática de la que responsabiliza a la falta de trabajo, la carencia de ayudas sociales por parte de la Administración y "a la mala suerte con los hombres".


Esta joven manifestó que, en la zona del polígono de Marconi, la mayor parte de las prostitución se mueve a través de mafias. "Ellos controlan a las negras y a las rumanas, las llevan, las traen y las chulean", informó.


Sin embargo, las españolas tampoco están libres de las atenciones de los proxenetas. "Se forman kundas desde los poblados de la droga para traer a las chicas aquí", aseguró María.


A cierta distancia de la mujer, los conductores de tres coches de aspecto destartalado vigilaban a sus pasajeras mientras esperaban el momento de recibir su parte del pastel. "Son mala gente, yo he venido en autobús. Mejor no mezclarte con ellos", declaró María en referencia a estos taxis de la droga, reconvertidos en transportes para meretrices.


Por otra parte, María defendió esta actividad como la única que podía ofrecerle semejante cantidad de dinero en menos tiempo. "En una noche buena puedo llegar a sacar 500 euros", indicó.

Fuente: El Mundo